Pero todo parecía tan ingenuo y todo era tan fascinante, que olvidé todo excepto el placer que su compañía me proporcionaba. Con la idea de iniciarme en la escena de la política y la sociedad inglesas, de la que pronto pasaría a formar parte, narró una serie de anécdotas y esbozó muchos personajes; su discurso, rico y variado, fluía inundando todos mis sentidos de placer. A no ser por una cosa, habría obtenido una victoria completa. Aludió a Adrian y habló de él con ese menosprecio que los prudentes según el mundo siempre atribuyen al entusiasmo. Percibió que la nube se formaba y trató de disiparla; pero la fuerza de mis sentimientos no me permitía pasar tan a la ligera por alto este tema sagrado, así que dije con énfasis: > «Permítame señalar que estoy devotamente unido al conde de Windsor; es mi mejor amigo y benefactor. Venero su bondad, comparto sus opiniones y lamento amargamente su presente, y confío que temporal, enfermedad. Dicha enfermedad, por su peculiaridad, hace que me resulte indescriptiblemente doloroso oírle mencionar, a menos que sea en términos de respeto y
Raymond respondió; pero no había nada conciliador en su respuesta. Vi que en su corazón despreciaba a quienes se entregaban a otros ídolos que no fueran los mundanos.
«Todo hombre —dijo—, sueña con algo: el amor, el honor y el placer; tú sueñas con la amistad y te entregas a un maníaco; bien, si esa es tu vocación, sin duda tienes razón en seguirla».—
Alguna reflexión pareció herirlo, y el espasmo de dolor que por un momento contorsionó su rostro frenó mi indignación. «¡Felices los