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nydus/The Last ManPublic
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Me desperté por la mañana, justo cuando los ventanales más altos de las altivas casas recibían los primeros rayos del sol naciente. Los pájarospíos, posados en los alféizares de las ventanas y en los umbrales desiertos de las puertas. Me desperté, y mi primer pensamiento fue: Adrián y Clara están muertos. Ya no volveré a ser saludado por su buenos días, ni a pasar el largo día en su compañía. No volveré a verlos jamás. El océano me los ha arrebatado, ha robado de sus pechos sus corazones de amor y ha entregado a la corrupción lo que me era más querido que la luz, que la vida, que la esperanza.

Yo era un pastor ignorante cuando Adrián se dignó otorgarme su amistad. Los mejores años de mi vida habían transcurrido junto a él. Todo lo que había poseído de los bienes de este mundo, de felicidad, conocimiento o virtud, se lo debía a él. Él había conferido, en su persona, su intelecto y sus raras cualidades, una gloria a mi vida que, sin él, jamás habría conocido. Por encima de todos los demás seres, me había enseñado que la bondad, pura y sencilla, puede ser un atributo del hombre. Era un espectáculo digno de congregar a los ángeles para contemplarlo: verle guiar, gobernar y consolar los últimos días de la raza humana.

Mi encantadora Clara también se me fue: ella, que, la última de las hijas de los hombres, exhibía todas aquellas virtudes femeninas y virginales que poetas, pintores y escultores se han esmerado en expresar en sus diversos idiomas. Y sin embargo, en lo que a ella respecta, ¿podía acaso lamentar que fuera arrebatada en su temprana juventud de la llegada inminente de la miseria? Pura era de alma, y santos todos sus propósitos. Pero su corazón era el trono del amor, y la sensibilidad que expresaba su hermoso rostro era la profecía de muchos dolores, no menos profundos y sombríos por el hecho de que ella los hubiera ocultado para siempre.

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