los instrumentos con los que desenterraría los secretos del destino, y revelaría el significado del enigma cuya explicación cerró la historia de la raza humana.
Vagas fantasías, semejantes a estas, rondaban nuestras mentes y nos infundían sentimientos no ajenos al placer, mientras permanecíamos junto a esta silenciosa tumba de la naturaleza, alzada por estas montañas inertes, por encima de sus venas vivas, asfixiando su principio vital. > «Así nos quedamos —dijo Adrián—, dos árboles tristes y marchitos, donde antaño ondeaba un bosque. Se nos deja para que lamentemos, y nos consumamos, y muramos. Sin embargo, aun ahora tenemos nuestros deberes, que debemos armarnos de valor para cumplir: el deber de prodigar placer allí donde podamos y, mediante la fuerza del amor, irradiar con colores de arco iris la tempestad del dolor. Ni me resignaré si en este extremo conservamos lo que ahora poseemos. Algo me dice, Verney, que ya no debemos temer a nuestro cruel enemigo, y me aferro con del aunque extraña, será dulce observar el crecimiento de tu hijito y el desarrollo del joven corazón de Clara. En medio de un mundo desierto, lo somos todo para ellos; y, si vivimos, nuestra tarea debe ser hacerles feliz esta nueva forma de vida. Por ahora esto es fácil, pues sus infantiles ideas no se adentran en el porvenir, y el punzante anhelo de simpatía, y de todo el amor de que nuestra naturaleza es susceptible, aún no ha despertado en su interior: no podemos adivinar qué sucederá entonces, cuando la naturaleza reivindique sus inalienables y sagrados poderes; pero, mucho antes de ese momento, es posible que todos estemos fríos, como aquel que yace en esa tumba de hielo de ahí abajo. Solo necesitamos proveer para el presente, y esforzarnos por llenar con imágenes gratas la