Era curioso que incluso la pequeña Clara observara esta ley hacia su madre. Esta encantadora niña tenía casi ocho años. Antaño había sido una criatura alegre, fantasiosa, pero jovial y aniñada. Tras la marcha de su padre, el pensamiento quedó grabado en su joven frente. Los niños, inaptos en el lenguaje, rara vez encuentran palabras para expresar sus pensamientos, ni sabríamos decir de qué manera los últimos acontecimientos se habían impreso en su mente. Pero sin duda había hecho profundas observaciones mientras contemplaba en silencio los cambios que ocurrían a su alrededor. Nunca mencionaba a su padre ante Perdita, parecía medio asustada cuando me hablaba de él y, aunque intenté hacerla hablar sobre el tema y disipar la melancolía que pendía sobre sus ideas acerca de él, no lo conseguí. Con todo, cada día de correo extranjero aguardaba la llegada de las cartas —conocía el matasellos— y me observaba mientras leía. A menudo la sorprendía estudiando detenidamente la sección de noticias de Grecia en el periódico.
No hay espectáculo más doloroso que el de la precoz preocupación en los niños, y era particularmente perceptible en alguien cuyo carácter había sido hasta entonces alegre.
Sin embargo, había tanta dulzura y docilidad en Clara que despertaba admiración; y si los estados de ánimo están diseñados para pintar de belleza las mejillas y dotar de gracia a los movimientos, sin duda sus meditaciones debían de ser celestiales, ya que cada rasgo estaba moldeado en hermosura y sus movimientos eran más armoniosos que los elegantes brincos de los cervatillos de su bosque natal.
A veces reprendía a Perdita por su reserva, pero ella rechazaba mis consejos, mientras la sensibilidad de su hija despertaba en ella una ternura aún más apasionada.
Tras el transcurso de más de un año, Adrian regresó de Grecia.