intentó apartar a Idris de mí. Agotó todas las súplicas, el bienestar de su hijo y el suyo propio. Ella negó con la cabeza y se secó una lágrima furtiva de la mejilla hundida, pero no cedió; suplicó que le permitieran velarme tan solo esa noche, con tal aflicción y mansa firmeza, que se salió con la suya y se quedó sentada, silenciosa e inmóvil, excepto cuando, aguijonada por un recuerdo intolerable, besaba mis ojos cerrados y mis pálidos labios, y apretaba mis manos entumecidas contra su corazón palpitante.
A altas horas de la noche, cuando, a pesar de ser pleno invierno, el gallo cantó a las tres, como heraldo del cambio matutino, mientras ella se inclinaba sobre mí y lloraba con pensamiento silencioso y amargo la pérdida de todo el amor hacia ella que había estado guardado en mi corazón; su cabello desgreñado pendía sobre su rostro y los largos mechones caían sobre la cama; vio un bucle en movimiento y el cabello esparcido levemente agitado, como por un soplo.
No es así, pensó, pues él jamás volverá a respirar. Varias veces ocurrió lo mismo, y ella solo lo notó con la misma reflexión; hasta que el bucle entero se apartó ondeando, y le pareció ver mi pecho alzarse.
Su primera emoción fue un miedo mortal, un rocío frío brotó de su frente; mis ojos se abrieron a medias y, tranquilizada, habría exclamado: «¡Él vive!»; pero las palabras se ahogaron en un espasmo y ella cayó al suelo con un gemido.
Adrián estaba en la estancia. Tras una larga vigilia, había caído involuntariamente en el sueño. Se incorporó de un salto y contempló a su hermana sin sentido en el suelo, nadando en un charco de sangre que brotaba de su boca. Los crecientes signos de vida en mí explicaban hasta cierto punto su estado; la sorpresa, el estallido de júbilo, la revuelta de todos los sentimientos, habían sido demasiado para su cuerpo, desgastado por