Partimos de Versalles mil quinientas almas. Nos pusimos en marcha el dieciocho de junio.
Hicimos una larga procesión, en la que se contenía todo vínculo de afecto, o lazo de amor, que existía en la sociedad humana.
- Padres y esposos, con celo protector, reunieron a sus queridos parientes a su alrededor;
- esposas y madres buscaron apoyo en la varonil figura a su lado, y luego, con tierna ansiedad, fijaron sus ojos en la tropa infantil circundante.
Estaban tristes, pero no sin esperanza. Cada uno pensaba que alguien se salvaría; cada uno, con ese optimismo pertinaz que hasta el último momento caracterizó a nuestra naturaleza humana, confiaba en que su amada familia sería la elegida para salvarse.
Atravesamos Francia y la hallamos desprovista de habitantes. Alguno que otro nativo sobrevivía en las grandes ciudades, por las que vagaban como fantasmas; recibimos, por tanto, escaso aumento en nuestro número, y tantas bajas por la muerte que al fin resultó más fácil contar la escasa lista de supervivientes. Como nunca abandonábamos a ninguno de los enfermos hasta que su muerte nos permitía encomendar sus restos al amparo de una tumba, nuestro viaje fue largo, al tiempo que cada día se abría una espantosa brecha en nuestra tropa: morían de diez en diez, de cincuenta en cincuenta, de cientos en cientos. La muerte no mostraba clemencia; dejamos de esperarla y cada día dábamos la bienvenida al sol con la sensación de que tal vez no volveríamos a verlo salir.
Los terrores nerviosos y las temibles visiones que nos habían aterrorizado durante la primavera, continuaron visitando a nuestra cobarde tropa durante este triste viaje. Cada atardecer traía su fresca creación de espectros; se dibujaba un fantasma en cada árbol marchito, y se fabricaban formas espantosas a