Acontecido invierno pasó; el invierno, la tregua de nuestros males.
Gradualmente el sol, que con rayos oblicuos le había cedido antes el reino más extenso a la noche, alargó su jornada diurna y ascendió a su más alto trono, a la vez numen de la nueva belleza de la tierra y su amante.
Nosotros que, como moscas que se congregan sobre una roca seca al bajar la marea, habíamos jugado traviesamente con el tiempo, permitiendo que nuestras pasiones, nuestras esperanzas y nuestros locos deseos nos gobernaran, oímos ahora el rugido cercano del océano de la destrucción, y habríamos huido a alguna grieta protegida antes de que la primera ola rompiera sobre nosotros.
Resolvimos sin demora comenzar nuestro viaje a Suiza; nos entraron ansias de dejar Francia.
Bajo las bóvedas de hielo de los glaciares, bajo la sombra de los pinos cuyo balanceo de ramas poderosas era detenido por una carga de nieve; junto a los arroyos cuyo intenso frío proclamaba que su origen provenía de los montículos de aguas congeladas que se derriten lentamente, en medio de frecuentes tormentas que pudieran purificar el aire, hallaríamos la salud, si es que en verdad la salud misma no estaba enferma.
Comenzamos nuestros preparativos al principio con presteza. No nos despedíamos ahora de nuestra patria, de las tumbas de aquellos a quienes amábamos, de las flores, arroyos y árboles que habían vivido junto a nosotros desde la infancia. Escasa pena sentiríamos al dejar París. Una escena de vergüenza, cuando recordábamos nuestras recientes disputas y pensábamos que dejábamos atrás a un rebaño de víctimas desgraciadas y engañadas, doblegadas bajo la tiranía de un impostor egoísta.