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nydus/The Last ManPublic
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III. El último hombre

Envuelto así en tinieblas, encerrado, tapiado, abovedado por el presente omnipotente, me sobresaltó el sonido de unos pasos en los escalones de la tumba, y recordé a aquella a quien había olvidado por completo, mi colérica visitante; su alta figura se alzó lentamente desde la bóveda, una estatua viviente, instigada por el odio y por la humana y apasionada lucha; me pareció que había alcanzado el pavimento de la nave lateral; se detuvo inmóvil, buscando solo con la mirada algún objeto deseado, hasta que, al advertirme cerca de ella, colocó su arrugada mano en mi brazo, exclamando con acentos temblorosos: «¡Lionel Verney, hijo mío!». Este nombre, pronunciado en semejante momento por la madre de mi ángel, me infundió más respeto del que jamás antes había sentido por esta dama desdeñosa. Incliné la cabeza y besé su mano ajada y, notando que temblaba violentamente, la conduje hasta el fondo del presbiterio, donde se sentó en los escalones que conducían al sitial real. Ella se dejó guiar y, aún sosteniendo mi mano, recostó la cabeza contra el sitial, mientras los rayos de la luna, teñidos de varios colores por el vidrio pintado, caían sobre sus ojos brillantes; consciente de su debilidad, trayendo de nuevo a la memoria su dignidad largamente atesorada, se secó

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