Si un viejo romano de la época de la República hubiera vuelto a la vida y hablado de la inminente elección de algún cónsul coronado de laurel, o de la última batalla contra Mitrídates, sus ideas no habrían sido más ajenas a los tiempos que la conversación de Merrival. El hombre, que ya no sentía apetito de simpatía, revestía sus pensamientos de signos visibles; ni quedaba ya lector alguno: mientras cada cual, habiendo arrojado su espada con el escudo opuesto a solas, aguardaba la peste, Merrival hablaba del estado de la humanidad de aquí a seis mil años. Con igual interés para nosotros, podría haber añadido un comentario que describiera los rasgos desconocidos e inimaginables de las criaturas que entonces ocuparían la morada evacuada de la humanidad. No teníamos el valor de desengañar al pobre viejo; y en el momento en que entré, él le leía partes de su libro a Idris, preguntándole qué respuesta cabía dar a tal o cual postura.
Idris no pudo reprimir una sonrisa al escucharle; ya le había sacado en claro que su familia estaba viva y con buena salud; aunque no era dada a olvidar el abismo temporal en el que se hallaba, aun así pude percibir que se encontraba divertida por un momento ante el contraste entre la visión tan limitada que durante tanto tiempo habíamos tenido de la vida humana y las zancadas de siete leguas con las que Merrival medía una eternidad venidera. Me alegró verla sonreír, porque me aseguraba que ignoraba por completo el peligro de su hijo; pero me estremecí al pensar en la conmoción que provocaría el descubrimiento de la verdad. Mientras Merrival hablaba, Clara abrió suavemente una puerta detrás de Idris y me hizo gestos para que me acercara, con una expresión y un ademán de dolor. Un espejo delató la seña a Idris, quien se puso en pie de