nuestro retiro. El orgullo hacía que se retrajera de la queja; y la gratitud y el afecto hacia Perdita actuaban por lo general como un opiáceo para todo deseo, salvo el de merecer su amor. Todos observábamos la visita de estos sentimientos, y ninguno los lamentaba tanto como Perdita. Su vida consagrada a él era un leve sacrificio para premiar su elección, pero ¿no era eso suficiente? ¿Necesitaba él alguna gratificación que ella fuera incapaz de otorgar? Esta era la única nube en el azul de su felicidad.
Su acceso al poder había estado lleno de dolor para ambos. Sin embargo, alcanzó su deseo; ocupó el puesto para el que la naturaleza parecía haberlo moldeado.
Su actividad se alimentaba en saludable medida, sin agotamiento ni saciedad; su gusto y su genio hallaron digna expresión en cada uno de los modos que los seres humanos han inventado para encercar y manifestar el espíritu de la belleza; la bondad de su corazón hizo que nunca se cansara de contribuir al bienestar de sus semejantes; su espíritu magnífico y sus aspiraciones al respeto y al amor de la humanidad obtenían ahora su fruto; es verdad que su exaltación era temporal; tal vez fuera mejor que así fuese.
La costumbre no embotarían su sentido del goce del poder; ni las luchas, la desilusión y la derrota aguardarían el fin de aquello que expiraría en su madurez. Decidió extraer y condensar toda la gloria, el poder y los logros que podrían haber resultado de un largo reinado, en los tres años de su Protectorado.
Raymond era eminentemente sociable. Todo lo que ahora disfrutaba habría carecido de placer para él de no haber sido compartido. Pero en Perdita poseía todo cuanto su corazón podía desear. El amor de ella daba origen a la simpatía; su inteligencia hacía que lo comprendiera con una sola palabra; sus facultades intelectuales le permitían ayudarlo y guiarlo. Él sabía valorar su valía.