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nydus/The Last ManPublic
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III. El último hombre

largos meses de zozobra, destrozado recientemente por toda clase de afanes y fatigas. Ella corría ahora un peligro mucho mayor que yo; los resortes y engranajes de mi vida, puestos en marcha una vez más, adquirieron elasticidad tras su breve suspensión. Durante mucho tiempo, nadie creyó que yo fuera a seguir viviendo; durante el reinado de la peste sobre la tierra, ni una sola persona atacada por la implacable enfermedad se había recuperado. Mi restablecimiento fue visto como un engaño; a cada momento se esperaba que los síntomas malignos volvieran con violencia redoblada, hasta que una convalecencia confirmada, la ausencia de toda fiebre o dolor y la creciente fuerza trajeron la lenta convicción de que me había recuperado de la peste.

La restauración de Idris presentaba más problemas.

Cuando me había atacado la enfermedad, sus mejillas estaban hundidas, su cuerpo demacrado; pero ahora, el vaso sanguíneo, que se había roto por los efectos de una extrema agitación, no terminaba de sanar, sino que era como un canal que gota a gota extraía de ella el caudal rojizo que animaba su corazón.

Sus ojos hundidos y su rostro ajado tenían un aspecto cadavérico; los pómulos, la frente despejada y blanca, la protuberancia de la boca, sobresalían con espantoso relieve; se podía distinguir cada hueso en la delgada anatomía de su cuerpo.

Su mano colgaba sin fuerza; cada articulación quedaba al descubierto, de modo que la luz la atravesaba de parte a parte. Era extraño que la vida pudiera subsistir en aquello que estaba consumido y desgastado hasta convertirse en la misma imagen de la muerte.

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