como el de un caracol y que los retrasos se creaban únicamente para molestarme. A pesar de todo te acusaba, y arrojaba sobre tu cabeza las cenizas ardientes de mi impaciencia abrasadora. No fue una desilusión, aunque sí una punzada agonizante, cuando señalaste su última morada; y las palabras expresarían mal la abominación que en ese momento sentí hacia ti, el obstáculo triunfante para mis más caros deseos. La vi, y la ira, el odio y la injusticia murieron ante su féretro, cediendo su lugar al partir a un remordimiento (¡Gran Dios, que tenga que sentirlo!) que debe durar mientras la memoria y el sentimiento perduren.
Para aplicar un remedio a tal remordimiento, para evitar que el amor naciente y la recién estrenada mansedumbre produjeran el mismo fruto amargo que habían dado el odio y la dureza, dediqué todos mis esfuerzos a calmar al venerable penitente.
Nuestro grupo era melancólico; cada cual estaba dominado por el arrepentimiento de lo irremediable; pues la ausencia de su madre ensombrecía incluso la alegría infantil de Evelyn. A esto se sumaba la perspectiva de un futuro incierto.
Antes de que se consume finalmente cualquier gran cambio voluntario, la mente vacila: ora se consuela con una ferviente esperanza, ora retrocede ante obstáculos que jamás parecieron presentarse con un aspecto tan espantoso. Un temblor involuntario me recorrió cuando pensé que al día siguiente podríamos haber cruzado la barrera de agua y habernos puesto en marcha en ese deambular desesperado, interminable y triste que, poco antes, yo consideraba el único alivio para el dolor que nuestra situación ofrecía.
Nuestro acercamiento a Dover fue anunciado por los fuertes bramidos del mar invernal. Eran transportados millas tierra adentro por la ráfaga