tropel hacia las Tullerías. Descubrieron que sus enemigos ya habían sido expulsados de allí por los Elegidos, como se denominaba a sí misma la facción fanática, que se negaba a admitir en el palacio a cualquiera que no abjurara primero de la obediencia a todos excepto a Dios y a su delegado en la tierra, su jefe. Tal fue el principio de la lucha, que a la postre llegó tan lejos que las tres divisiones, armadas, se encontraron en la plaza Vendôme, cada una resuelta a someter por la fuerza la resistencia de sus adversarios. Se congregaron, sus mosquetes estaban cargados, e incluso apuntaban a los pechos de sus autodenominados enemigos. Una sola palabra habría bastado; y allí los últimos de la humanidad habrían gravado sus almas con el crimen de asesinato y se habrían manchado las manos con la sangre de los otros. Un sentimiento de vergüenza, el recuerdo de que no solo su causa, sino la existencia de toda la raza humana estaba en juego, penetró en el pecho del líder del bando más numeroso. Era consciente de que, si las filas se diezmaban, ningún otro recluta podría llenarlas; de que cada hombre era como una gema inestimable en la corona de un rey, que, si fuera destruida, las entrañas profundas de la tierra no podrían producir parangón alguno. Era un joven, y se había dejado arrastrar por la presunción y por la noción de su alto rango y su superioridad sobre todos los demás pretendientes; ahora se arrepentía de su obra, sentía que toda la sangre a punto de ser derramada caería sobre su cabeza; por tanto, con un impulso repentino, espoleó su caballo entre los bandos y, tras fijar un pañuelo blanco en la punta de su espada en alto, exigió así parlamento; los líderes opuestos obedecieron la señal. Habló con fervor; les recordó el juramento que todos los jefes habían hecho de someterse al Lord Protector; declaró que su actual encuentro era un acto de traición y amotinamiento; admitió que se había dejado arrastrar por la pasión, pero que había llegado un momento de mayor
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IV. La Partida
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