esparcían la tempestad sobre la tierra. No sabíamos cuán lejos tenía que ir, y pronto nos separamos, suponiendo que en poco tiempo regresaría al palacio con Perdita, y que no les pesaría encontrarse a solas.
Perdita había llegado con su hijo a Dartford, llorando e inconsolable. Dio instrucciones para que se preparara todo para la continuación de su viaje y, tras colocar a su encantadora y durmiente criatura sobre una cama, pasó varias horas sumida en un sufrimiento agudo.
A veces observaba la guerra de los elementos, pensando que estos también se declaraban en su contra, y escuchaba el repiqueteo de la lluvia con sombrío desespero.
A veces se inclinaba sobre su hijo, buscando en él los rasgos de su padre, y temiendo que en su vida futura manifestara las mismas pasiones e impulsos incontrolables que lo habían hecho infeliz.
De nuevo, con una oleada de orgullo y deleite, advirtió en los rasgos de su pequeña la misma sonrisa de belleza que a menudo iluminaba el rostro de Raymond. Verla la consoló.
Pensó en el tesoro que poseía en el afecto de su señor; en sus prendas, que superaban a las de sus contemporáneos, en su genio, en su devoción hacia ella. Pronto pensó que de todo cuanto poseía en el mundo, excepto de él, bien podría prescindir, es más, entregarlo con deleite, como ofrenda propiciatoria para asegurar el bien supremo que conservaba en él. Pronto imaginó que el destino le exigía este sacrificio como muestra de que estaba entregada a Raymond, y que debía realizarse con alegría. Se figuraba la vida de ambos en la isla griega que él había elegido para su retiro; su tarea de calmarlo; sus desvelos por la hermosa Clara, sus cabalgatas en su compañía, su consagración a su consuelo.
La imagen se le antojó entonces tan radiante que temió lo contrario, una vida de magnificencia y poder en Londres, donde Raymond ya no sería solo suyo, ni ella la única fuente de felicidad para él.