acercando una taza de agua a sus labios. Comprendí perfectamente que no quedaba chispa de vida en aquella forma destrozada; sus facciones estaban rígidas, sus ojos vidriosos, su cabeza había caído hacia atrás. Lo tomé de sus brazos, lo recosté con suavidad, besé su fría boquita y me volví para hablar en un susurro vano, cuando ni el sonido más fuerte de un cañón atronador habría podido alcanzarlo en su morada inmaterial.
¿Y dónde estaba Idris? Que hubiera salido a buscarme y no hubiera regresado era una noticia terrible, mientras la lluvia y el viento impetuoso repiqueteaban contra la ventana y rugían alrededor de la casa.
A esto se sumaba la nauseabunda sensación de la enfermedad que se apoderaba de mí; no había tiempo que perder si es que alguna vez volvía a verla. Monté en mi caballo y salí a buscarla, imaginando oír su voz en cada ráfaga, oprimido por la fiebre y un dolor punzante.
Cabalgué en la oscuridad y la lluvia por las calles laberínticas de un Londres despoblado. Mi hijo yacía muerto en casa; las semillas de una enfermedad mortal habían echado raíces en mi pecho; fui a buscar a Idris, mi adorada, que ahora vagaba sola, mientras las aguas caían del cielo como una catarata para bañar su querida cabeza en humedad gélida, sus bellos miembros en un frío entumecedor. Una mujer estaba de pie en el umbral de una puerta y me llamó al pasar galopando. No era Idris; así que seguí cabalgando velozmente, hasta que una especie de clarividencia, un reflejo en mis sentidos de lo que había visto pero no procesado, me hizo tener la certeza de que otra figura, delgada, grácil y alta, estaba aferrada a la primera persona, que la sostenía. En un minuto estuve junto a la suplicante, en un minuto recibí a la desfalleciente Idris en mis brazos. Alzándola, la coloqué sobre el caballo; no tenía fuerzas para sostenerse; así que monté detrás de ella y la abracé