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nydus/The Last ManPublic
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III

El aspecto de la llanura había cambiado durante este breve intervalo; el campamento se había deshecho; los restos del ejército licenciado se encontraban en pequeños grupos aquí y allá; cada rostro estaba nublado; cada gesto denotaba asombro y consternación.

Con el corazón oprimido entré en el palacio, y temí avanzar, hablar, mirar.

En medio del salón estaba Perdita; estaba sentada sobre el pavimento de mármol, con la cabeza caída sobre el pecho, el cabello desgreñado, los dedos enlazados con nerviosismo unos con otros; estaba pálida como el mármol, y cada facción aparecía contraída por la agonía.

Ella me advirtió, y levantó la vista con una pregunta en los ojos; su fugaz destello de esperanza era pura miseria; las palabras murieron antes de que pudiera articularlas; sentí una sonrisa cadavérica arrugar mis labios.

Ella comprendió mi gesto; de nuevo su cabeza cayó; de nuevo sus dedos se movieron con inquietud.

Al fin recuperé el habla, pero mi voz la aterrorizó; la desdichada muchacha había comprendido mi mirada, y por nada del mundo habría querido que la historia de su profunda desgracia hubiese tomado forma y se hubiese confirmado mediante palabras duras e irrevocables.

Es más, pareció desear apartar mis pensamientos del tema: se levantó del suelo: —¡Silencio! —dijo en un susurro—; después de tanto llanto, Clara duerme; no debemos despertarla.

Se sentó entonces en el mismo otomán donde la había dejado por la mañana descansando sobre el corazón palpitante de su Raymond; no me atreví a acercarme a ella, sino que me senté en un rincón distante, observando sus movimientos bruscos y nerviosos.

Al fin, de manera abrupta, preguntó: —¿Dónde está él?

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