Perdita contempló con espanto el creciente desorden. Por un momento pensó que podía contener el torrente, y que se podía persuadir a Raymond para que entrara en razón con ella.—¡Vana esperanza! El momento de su influencia había pasado. Él la escuchó con altivez, respondió con desdén; y si, a decir verdad, ella lograba despertar su conciencia, el único efecto era que él buscaba un opiáceo para el dolor en el jolgorio del olvido. Con la energía que le era natural, Perdita intentó entonces suplantarlo. Su unión, aún aparente, le permitía hacer mucho; pero ninguna mujer podría, a la postre, poner remedio a la creciente negligencia del Protector; quien, como si estuviera preso de un paroxismo de locura, pisoteara toda ceremonia, todo orden, todo deber, y se entregara al libertinaje.
Los informes de estos extraños acontecimientos llegaron a nuestros oídos, y no sabíamos qué método adoptar para devolver nuestro amigo a sí mismo y a su patria, cuando Perdita apareció de repente entre nosotros. Relató el avance de aquel lúgubre cambio y nos suplicó, tanto a Adrián como a mí, que fuéramos a Londres y tratáramos de remediar el creciente mal: —«Decidle —exclamó—, decidle a lord Raymond que mi presencia ya no le molestará más. Que no necesita sumergirse en esta disipación destructiva con el propósito de causarme repugnancia y obligarme a huir. Ese objetivo ya está cumplido; no volverá a verme nunca. Pero permitidme, es mi última súplica, permitidme que, en las alabanzas de sus compatriotas y en la prosperidad de Inglaterra, encuentre la justificación de la elección de mi juventud».
Durante nuestro trayecto hacia la ciudad, Adrián y yo discutimos y debatimos sobre la conducta de Raymond, y su alejamiento de las