Me presenté ante ella; por un momento un sentimiento natural produjo una sensación de alegría, que volvió a desaparecer cuando, con ardiente y afectuosa exhortación, le supliqué que me acompañara a huir de aquella guarida de superstición y miseria. Al instante recayó en el delirio del fanatismo y, a no ser porque su dulce naturaleza se lo impedía, me habría colmado de imprecaciones. Me conjuró, me ordenó que la dejara: «¡Cuídate, oh, cuídate —gritó—, huye mientras tu huida sea aún posible! Ahora estás a salvo; pero a veces acuden a mí extraños sonidos e inspiraciones, y si el Eterno me revelara en terrible susurro su voluntad de que, para salvar a mi hijo, tú debes ser sacrificado, llamaría a los acólitos de aquel a quien llamas tirano; te harían pedazos miembro a miembro; ni siquiera consagraría la muerte de quien Idris amó con una sola lágrima».
Habló apresuradamente, con voz desentonada y mirada enloquecida; su hijo se despertó y, asustado, comenzó a llorar; cada sollozo llegaba al corazón de la desdichada madre, y ella mezclaba los apelativos cariñosos que dirigía a su pequeño con enojosas órdenes de que me fuera.
Si hubiera tenido los medios, lo habría arriesgado todo, la habría arrancado por la fuerza de la guarida del asesino y habría confiado en el bálsamo sanador de la razón y el afecto.
Pero no tenía opción, ni siquiera el poder de seguir luchando; se oían pasos por la galería y la voz del predicador se acercaba. Julieta, estrechando a su hijo en un fuerte abrazo, huyó por otro pasaje. Aun entonces la habría seguido; pero mi enemigo y sus satélites entraron; fui rodeado y hecho prisionero.
Recuerdo la amenaza de la desdichada Julieta, y esperaba que toda la tempestad de la venganza de aquel hombre, y la despierta ira de sus seguidores, cayeran instantáneamente sobre mí. Fui interrogado. Mis respuestas fueron sencillas y sinceras.