¡Madre del mundo! ¡Sierva del Omnipotente! ¡Eterna e inmutable Necesidad! ¡Que con dedos laboriosos te sientas siempre a tejer la cadena indisoluble de los acontecimientos!—No murmuraré ante tus actos. Si mi mente humana no puede reconocer que todo lo que es, es correcto; sin embargo, puesto que lo que es, debe ser, me sentaré entre las ruinas y sonreiré. En verdad no nacimos para gozar, sino para someterlos, y para esperar.
¿No se fatigará el lector, si describo minuciosamente nuestro dilatado viaje de París a Ginebra?
Si, día tras día, consignara en forma de diario las apretadas miserias de nuestra suerte, ¿podría mi mano escribir, o el lenguaje hallar palabras para expresar, la variedad de nuestro dolor; el amontonamiento y atropello de un suceso lamentable tras otro?
¡Paciencia, oh lector! quienquiera que seas, dondequiera que habites, ya sea tu raza espiritual o, descendiente de alguna pareja superviviente, tu naturaleza sea humana y tu morada la tierra; leerás aquí sobre los actos de la raza extinta, y preguntarás con asombro si aquellos que sufrieron lo que aquí encuentras registrado eran de carne frágil y blanda complexión como tú.
Es muy verdad que lo eran—llora, por tanto; pues a buen seguro, ser solitario, tendrás una disposición apacible; derrama lágrimas compasivas; pero entretanto presta atención al relato, y conoce las acciones y sufrimientos de tus predecesores.
Sin embargo, los últimos acontecimientos que marcaron nuestro avance por Francia estuvieron tan llenos de extraño horror y sombría miseria, que no me atrevo a detenerme demasiado tiempo en la narración.