Continuaron su camino a la mañana siguiente, dejando atrás a uno de sus compañeros, enfermo de peste. Una vez difundida esta circunstancia, nadie se atrevía a acercarse a menos de media milla del vecindario infectado, y el desgraciado abandonado fue dejado a su suerte para luchar contra la enfermedad y la muerte en la soledad, lo mejor que pudo. La compasión me impulsó a darme prisa hacia la choza, con el propósito de averiguar su situación y atender a sus necesidades.
A medida que avanzaba, me encontré con grupos de campesinos que hablaban con fervor de este acontecimiento: por muy lejos que estuvieran del contagio temido, el miedo se reflejaba en todos los rostros.
Pasé junto a un grupo de estos alarmados lugareños, en un sendero que iba directo a la choza. Uno de ellos me detuvo y, suponiendo que yo ignoraba el suceso, me advirtió que no siguiera adelante, pues a poca distancia se encontraba una persona infectada.
—Lo sé —repliqué—,