inexperta fantasía de tu hermosa sobrina. Los paisajes que ahora nos rodean, tan vastos y sublimes como son, no son de los que mejor pueden contribuir a esta labor. La naturaleza es aquí como nuestras fortunas, grandiosa, pero demasiado destructiva, desnuda y agreste como para poder brindar deleite a su joven imaginación. Bajemos a las soleadas llanuras de Italia. El invierno no tardará en llegar para cubrir este desierto de una doble desolación; pero cruzaremos las desoladas cumbres y la guiaremos hacia parajes de fertilidad y belleza, donde su camino estará aderezado de flores, y la atmósfera alegre inspirará placer y
En prosecución de este plan, abandonamos Chamonix al día siguiente. No teníamos motivos para apresurar nuestros pasos; ningún acontecimiento exterior a nuestra propia esfera limitaba nuestras decisiones, así que cedíamos a cualquier capricho vano, y considerábamos bien empleado nuestro tiempo cuando podíamos contemplar el transcurso de las horas sin zozobra. Vagamos sin prisa por el hermoso valle de Servoz; pasamos largas horas en el puente que, al cruzar el barranco del Arve, ofrece una vista de sus profundidades cubiertas de pinos y de las montañas nevadas que lo circundan. Deambulamos por la Suiza romántica, hasta que el temor del invierno aproximándose nos impulsó a seguir adelante, y los primeros días de octubre nos hallaron en el valle de La Maurienne, que conduce al Cenis. No puedo explicar la repugnancia que sentimos al dejar esta tierra de montañas; quizá se debiera a que considerábamos los Alpes como la frontera entre nuestro estado de existencia anterior y el futuro, y por eso nos aferrábamos con cariño a lo que antaño habíamos amado. Tal vez porque ahora teníamos muy pocos impulsos que nos inclinaran a elegir entre dos modos de acción, nos complacía preservar la persistencia de uno y preferíamos la perspectiva de lo que íbamos a hacer al recuerdo de lo que se había hecho. Sentíamos que por aquel año el peligro había pasado; y creíamos que,