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nydus/The Last ManPublic
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VIII

Pero jamás, ¡oh, jamás!, debía verla en su estado de degradación. Jamás debía contemplarla caída, según ella creía, de su espléndida belleza, convertida en la habitante empobrecida de una buhardilla, con un nombre que se había vuelto un reproche y el peso de la culpa sobre el alma. Pero aunque se mantuviera impenetrablemente velada para él, su cargo público le permitía enterarse de todas sus acciones, de su transcurrir diario, incluso de sus conversaciones. Se concedía un solo lujo: leía los periódicos todos los días y se deleitaba con los elogios y las acciones del Protector. No es que esta complacencia estuviera desprovista de un dolor concomitante. El nombre de Perdita aparecía por siempre unido al suyo; su dicha conyugal era celebrada incluso mediante el testimonio irrefutable de los hechos. Estaban continuamente juntos, ni podía la desafortunada Evadne leer la monosílaba que designaba el nombre de él sin que, al mismo tiempo, se le presentara la imagen de aquella que era la fiel compañera de todas sus fatigas y placeres. Ellos, sus Excelencias, salían a su encuentro en cada línea, mezclando una pócima maligna que envenenaba su misma sangre.

Fue en el periódico donde vio el anuncio sobre el concurso para el diseño de una galería nacional. Combinando con gusto su recuerdo de los edificios que había visto en Oriente, y mediante un esfuerzo de genio dotándolos de unidad de diseño, ejecutó el plano que había sido enviado al Protector. Triunfaba en la idea de otorgar, desconocida y olvidada como era, un beneficio al ser que amaba; y con orgullo entusiasta aguardaba la realización de una obra suya que, inmortales en la piedra, pasarían a la posteridad selladas con el nombre de Raymond. Aguardaba con impaciencia el regreso de su mensajero de palacio; escuchaba insaciable su relato de cada palabra, de cada mirada del

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