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nydus/The Last ManPublic
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VIII

yo los salvaré. Años más tarde les relataremos nuestros miedos, ya disipados junto con su causa. Aunque solo ellos quedasen sobre la tierra, aun así vivirán, ni sus mejillas palidecerán ni sus dulces voces languidecerán». Nuestro hijo mayor comprendía en cierta medida las escenas que ocurrían a nuestro alrededor, y a veces, con mirada seria, me preguntaba el motivo de tan vasto desolamiento. Pero solo tenía diez años; y la alegría de la juventud pronto ahuyentó de su frente la desmedida preocupación. Evelyn, un querubín risueño, un infante juguetón, ajeno a la idea del dolor o la pena, sacudiendo sus rubios rizos de los ojos, hacía resonar los salones con su alborozo y, de mil modos ingenuos, atraía nuestra atención hacia sus juegos. Clara, nuestra encantadora y dulce Clara, era nuestro apoyo, nuestro consuelo, nuestro deleite. Hizo suya la tarea de cuidar a los enfermos, confortar a los afligidos, asistir a los ancianos y participar en los juegos y despertar la alegría de los jóvenes. Rebolaba por las habitaciones como un buen espíritu, enviado desde el reino celestial, para iluminar nuestra hora oscura con un esplendor ajeno. La gratitud y la alabanza señalaban por dónde habían pasado sus huellas. Aun así, cuando se paraba ante nosotros con modesta sencillez, jugando con nuestros niños, o desempeñando con diligencia de muchacha pequeños y amables favores para con Idris, uno se preguntaba en qué hermoso rasgo de su pura belleza, en qué suave tono de su voz vibrante residían tanto heroísmo, perspicacia y bondad activa.

El verano pasó tediosamente, pues confiábamos en que el invierno al menos frenaría la enfermedad. Que desapareciera por completo era una esperanza demasiado cara —demasiado entrañable— como para expresarla con palabras. Cuando semejante pensamiento se pronunciaba a la ligera, quienes lo escuchaban, con un torrente de lágrimas y apasionados sollozos, daban fe de cuán hondos eran sus temores y cuán escasas sus esperanzas.

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