La llevé en brazos a la cabaña; la tendí sobre la cama. Encendí fuego, le froté los miembros entumecidos; durante dos largas horas procuré devolverle la vida extinta; y, cuando la esperanza estaba tan muerta como mi amada, le cerré con manos temblorosas los ojos vidriados. No dudaba de lo que debía hacer ahora. En la confusión propia de mi enfermedad, la tarea de enterrar a nuestro querido Alfred había recaído en su abuela, la Reina Madre, y ella, fiel a su pasión dominante, había mandado que lo trasladaran a Windsor y lo sepultaran en la cripta familiar de la Capilla de San Jorge. Debía dirigirme a Windsor para calmar la zozobra de Clara, que nos esperaría con ansiedad, aunque bien hubiera querido ahorrarle el desgarrador espectáculo de ver a Idris, a quien yo traía sin vida del viaje. Así pues, primero colocaría a mi amada junto a su hijo en la cripta, y luego buscaría a los pobres niños que
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III. El último hombre
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