—Ya te he asegurado mi fidelidad —dijo Raymond con desdén frío—; las triple aseveraciones no servirán de nada cuando se desdeña una sola. No diré más; pues no puedo añadir nada a lo que ya he dicho, a lo que antes apartaste con desprecio. Esta disputa es indigna de ambos; y confieso que estoy cansado de responder a acusaciones a la vez infundadas y crueles.
Perdita trató de leer su rostro, que él apartó con enojo. Había tanta verdad y naturalidad en su resentimiento, que las dudas de ella se disiparon. Su semblante, que durante años no había expresado un sentimiento ajeno al afecto, volvió a mostrarse radiante y satisfecho.
Le resultó, sin embargo, una tarea nada fácil ablandar y reconciliar a Raymond.
Al principio él se negó a quedarse a escucharla. Pero ella no se dejó rechazar; segura de su amor inalterable, estaba dispuesta a emprender cualquier esfuerzo, a usar cualquier súplica, para disipar su enojo.
Consiguió ser escuchada; él se sentó en un silencio altivo, pero escuchó.
Ella le aseguró primero su ilimitada confianza; de esto debía estar seguro, ya que, de no ser por ello, no trataría de retenerlo.
Enumero sus años de dicha; le trajo a la memoria escenas pasadas de intimidad y felicidad; pintó su vida futura, mencionó a su hijo—lágrimas involuntarias anegaron entonces sus ojos.
Trató de disiparlas, pero se negaron a ser contenidas—su voz se ahogó. No había llorado antes.
Raymond no pudo resistir estas señales de angustia: se sintió quizás un tanto avergonzado del papel que representaba como el hombre agraviado, él que en verdad era el ofensor. Y además amaba devotamente a Perdita; la inclinación de su cabeza, sus rizos brillantes, las líneas de su cuerpo eran para él motivos de profunda