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nydus/The Last ManPublic
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IV. El Regreso

Regresé a la finca de mi familia en el otoño del año 2092. Mi corazón llevaba mucho tiempo con ellos; y me sentía enfermo por la esperanza y el deleite de volver a verlos.

La comarca que los acogía parecía la morada de todo espíritu bondadoso. La felicidad, el amor y la paz recorrían los senderos del bosque y templaban la atmósfera.

Tras toda la agitación y la pena que había sufrido en Grecia, busqué Windsor, como el pájaro azotado por la tormenta busca el nido en el que plegar sus alas con tranquilidad.

¡Cuán insensatos habían sido los errantes que habían abandonado su refugio, se habían enredado en la red de la sociedad y se habían adentrado en eso que los hombres mundanos llaman «la vida», ese laberinto del mal, ese plan de tortura mutua! Para vivir, en este sentido de la palabra, no solo debemos observar y aprender, también debemos sentir; no debemos ser meros espectadores de la acción, debemos actuar; no debemos describir, sino ser sujetos de descripción. Una profunda tristeza debió de haber habitado en nuestros pechos; el engaño debió de habernos acechado; los astutos debieron de habernos embaucado; la duda nauseabunda y la falsa esperanza debieron de alternarse en nuestros días; la hilaridad y la alegría, que envuelven el alma en éxtasis, debieron de poseernos a veces. ¿Quién, que sepa lo que es «la vida», anhelaría esta especie de existencia afiebrada? He vivido. He pasado días y noches de festividades; me he sumado a esperanzas ambiciosas y me he regocijado en la victoria: ahora —cierra la puerta al mundo y levanta alto el muro que ha de separarme de la escena turbulenta que se representa en sus recintos—. Vivamos el uno para el otro y para la felicidad; busquemos la paz en nuestro querido hogar, junto al murmullo interior de los arroyos y

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