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nydus/The Last ManPublic
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VI

pues, por haber hallado un ámbito adecuado para mis facultades. A menudo he pensado en ofrecer mis servicios a las ciudades azotadas por la peste en Francia e Italia; pero el temor de afligiros, y la expectativa de esta catástrofe, me detuvieron. A Inglaterra y a los ingleses me dedico. Si puedo salvar a uno de sus poderosos espíritus del dardo mortal; si puedo alejar la enfermedad de una de sus sonrientes cabañas, no habré vivido en vano”.

¡Extraña ambición esta! Sin embargo, tal era Adrian. Parecía entregado a la contemplación, adverso a la emoción, un estudiante humilde, un hombre de visiones⁠—, pero ofrécesele un tema digno y⁠—

Como la alondra al romper el día, surgida de la sombría tierra, canta himnos a las puertas del cielo.

así saltó de la apatía y el pensamiento infructuoso, a la más alta cúspide de la acción virtuosa.

Con él se fue el entusiasmo, la decidida resolución, la mirada capaz de contemplar la muerte sin parpadear. Con nosotros quedaron el dolor, la ansiedad y la insoportable expectativa del mal. El hombre, dice lord Bacon, que tiene esposa e hijos, ha dado rehenes a la fortuna. Vana era toda reflexión filosófica —vana toda entereza—, vana, vana, la confianza en un bien probable. Podría cargar el platillo con lógica, valor y resignación; mas bastaba con que un solo temor por Idris y nuestros hijos entrara en el opuesto para que, sobrecargado, este se elevara bruscamente.

¡La peste estaba en Londres! Necios fuimos al no haber previsto esto hacía ya tiempo. Lloramos por la ruina de los inmensos continentes de oriente y la desolación del mundo occidental; mientras imaginábamos que el pequeño canal entre nuestra isla y el resto de la tierra había de preservarnos vivos entre los muertos. No me parece un gran salto el de Calais a Dover. El ojo discierne con facilidad la tierra hermana; una vez estuvieron unidas; y el pequeño sendero que corre entre ambas parece en

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