El duque contaba con el apoyo de todos los aristócratas de la república, quienes lo consideraban su representante legítimo. Ryland era el candidato popular; cuando lord Raymond se incorporó por primera vez a la lista, sus posibilidades de éxito parecían escasas. Nos retiramos del debate que había seguido a su nominación: nosotros, sus proponentes, mortificados; él, sumamente desanimado. Perdita nos reprochó amargamente. Sus expectativas se habían visto vivamente agudizadas; no había objetado nada en contra de nuestro proyecto; al contrario, era evidente que este le agradaba, pero su patente mal éxito cambió el curso de sus ideas. Sentía que, una vez despertado, Raymond jamás regresaría sin lamentaciones a Windsor. Sus hábitos se habían desajustado, su mente inquieta había sido sacudida de su sueño, la ambición debía ser ahora su compañera de por vida; y si no triunfaba en su presente intento, ella intuía que le seguirían la desdicha y un descontento incurable. Tal vez su propia decepción añadió un aguijón a sus pensamientos y a sus palabras; no nos escatimó reproches, y nuestras propias reflexiones acrecentaron nuestra zozobra.
Era necesario dar seguimiento a nuestra nominación y persuadir a Raymond para que se presentara ante los electores la tarde siguiente.
Durante mucho tiempo se mostró obstinado. Se embarcaría en un globo; zarparía hacia un rincón distante del mundo, donde su nombre y su humillación fueran desconocidos.
Pero esto era inútil; su intento estaba registrado; su propósito, publicado al mundo; su vergüenza jamás podría borrarse de la memoria de los hombres. Daba lo mismo fracasar al fin tras una lucha, que huir ahora al comienzo de su empresa.