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nydus/The Last ManPublic
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IX. Perdita

hija, copia en germen de su Raymond, colmó la medida de su dicha y creó entre ellos un vínculo sagrado e indisoluble.

A veces se sentía orgullosa de que él la hubiera preferido a las esperanzas de una corona.

A veces recordaba que había sufrido una aguda angustia cuando él vacilaba en su elección.

Pero este recuerdo de su descontento pasado solo servía para realzar su alegría presente. Lo que con tanta dificultad se había ganado, era ahora, poseído por completo, doblemente querido.

Ella lo miraba a la distancia con el mismo arrobamiento (¡oh, arrobamiento mucho más exultante!) que podría sentir quien, tras los peligros de una tempestad, se hallara en el puerto deseado; se apresuraba hacia él para sentir, con mayor certeza entre sus brazos, la realidad de su dicha.

Esta calidez afectiva, sumada a la profundidad de su entendimiento y a la brillantez de su imaginación, hizo que fuera para Raymond entrañable más allá de las palabras.

Si alguna vez un sentimiento de insatisfacción la cruzaba, surgía de la idea de que él no era perfectamente feliz. El deseo de renombre y la ambición presuntuosa habían caracterizado su juventud. Lo uno lo había adquirido en Grecia; lo otro lo había sacrificado por amor. Su intelecto encontraba suficiente campo de ejercicio en su círculo doméstico, cuyos miembros, todos adornados por el refinamiento y la literatura, se distinguían muchos de ellos, como él, por el genio. Sin embargo, la vida activa era el terreno genuino para sus virtudes; y a veces padecía tedio por la monótona sucesión de acontecimientos en

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