Continuaba, sintiendo que, si se hubiera detenido un instante, las aguas contenidas de la miseria habrían inundado su alma, que sus esperanzas naufragadas habrían alzado sus voces gimientes, y que aquellos que ahora hacían eco de su regocijo y provocaban sus réplicas se habrían alejado con miedo de su desesperación convulsa. Su único consuelo durante la violencia que se infligía a sí misma era observar las manecillas de un reloj iluminado e ir contando interiormente los momentos que debían transcurrir antes de poder estar sola.
Por fin las habitaciones comenzaron a despejarse. Burlándose de sus propios deseos, reprochó a sus invitados su temprana partida. Uno a uno la fueron dejando; al fin estrechó la mano de su última visita. «Qué mano tan fría y húmeda tienes —dijo su amiga—, estás demasiado fatigada, date prisa en ir a descansar». Perdita sonrió levemente; su invitada la dejó; el carruaje alejándose calle abajo confirmó la marcha definitiva. Entonces, como si fuera perseguida por un enemigo, como si tuviera alas en los pies, voló a sus aposentos, despidió a sus sirvientes, echó los cerrojos, se arrojó frenética al suelo, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar para reprimir sus gritos, y permaneció largo rato presa del buitre de la desesperación, esforzándose por no pensar, mientras multitudinarias ideas hacían de su corazón su hogar; ideas, horribles como furias, crueles como víboras, que acudían en una sucesión tan rápida que parecían atropellarse y herirse unas a otras, mientras la arrastraban hacia la locura.
Al fin se levantó, más serena, aunque no menos desgraciada. Se detuvo ante un gran espejo—contempló su imagen reflejada; su vestido ligero y grácil, las joyas que salpicaban sus cabellos y ceñían sus hermosos brazos y su cuello, sus pequeños pies calzados de satén, sus abundantes y brillantes trenzas, todo ello era para su frente nublada y su rostro apesadumbrado como un marco suntuoso para un cuadro oscuro que retratara una tempestad. «Vase soy —pensó—, vaso colmado hasta el borde con la