Mi primera visita sería a mi hermana, que habitaba una pequeña cabaña, parte del presente de Adrián, en los linderos del bosque de Windsor. De ella sabría la verdad acerca de nuestro protector; escucharía por qué se había retirado de la protección de la princesa Evadne, y se me instruiría sobre la influencia que este soberbio e imponente Raymond ejercía sobre la fortuna de mi amigo.
Nunca antes había estado en los alrededores de Windsor; la fertilidad y la belleza de la campiña circundante me embargaron de admiración, la cual aumentó a medida que me acercaba al bosque secular.
Las ruinas de majestad de robles que habían crecido, florecido y decaído durante el transcurso de los siglos marcaban hasta dónde llegaron una vez los límites del bosque, mientras que las empalizadas destrozadas y la maleza descuidada mostraban que esta parte había sido abandonada en favor de las plantaciones más jóvenes, que debían su nacimiento a principios del siglo XIX y se alzaban ahora con el orgullo de la madurez.
La humilde morada de Perdita estaba situada en los linderos de la parte más antigua; frente a ella se extendía el brezal de Bishopgate, que hacia el este parecía interminable y estaba delimitado al oeste por el bosque de Chapel y la arboleda de Virginia Water.
Por detrás, la cabaña era ensombrecida por los venerables padres del bosque, bajo los cuales los ciervos venían a pastar y que, en su mayoría huecos y decaídos, formaban grupos fantásticos que contrastaban con la regular belleza de los árboles más jóvenes. Estos, vástagos de una época posterior, se alzaban erguidos y parecían dispuestos a avanzar sin miedo hacia el tiempo venidero; mientras que aquellos rezagados gastados, fulminados y rotos, se aferraban los unos a los otros, con sus débiles ramas suspirando mientras el viento los golpeaba: una tripulación castigada por la intemperie.
Una ligera barandilla rodeaba el jardín de la cabaña, la cual, de bajo techo, parecía someterse a la majestad de la naturaleza y encogerse entre los