Me hallaba ahora en Holborn, y pasé junto a una taberna abarrotada de compañeros estrepitosos, cuyas canciones, risas y gritos eran más dolorosos que la pálida mirada y el silencio del doliente.
Una mujer así se hallaba cerca, merodeando en torno a este establecimiento. El lamentable estado de su vestido delataba su pobreza, estaba cadavéricamente pálida, y seguía acercándose, primero a la ventana y luego a la puerta de la casa, como si temiera entrar, pero a la vez anhelara hacerlo.
Un repentino estallido de canto y algarabía pareció herirla en lo más profundo del corazón; murmuró: «¿Cómo puede tener corazón?», y reuniendo entonces valor, cruzó el umbral. La mesonera le salió al encuentro en el pasillo; la pobre criatura preguntó: «¿Está mi esposo aquí? ¿Puedo ver a George?».
—Vea usted —gritó la mujer—, sí, si va a verlo; anoche le dio la peste y lo mandamos al hospital.
La desafortunada interrogadora se tambaleó contra una pared, un débil grito se le escapó: «¡Oh! ¿Fuiste tan cruel —exclamó— como para mandarlo allí?».
La patrona se apresuró a marchar mientras tanto; pero una camarera más compasiva le dio un relato detallado, cuyo resumen era que su marido se había enfermado, tras una noche de juerga, y sus alegres compañeros lo habían enviado a toda prisa al Hospital de San Bartolomé. Yo había presenciado esta escena, pues había cierta bondad en la pobre mujer que me interesaba; ella se aleja ahora tambaleándose de la puerta, caminando como puede por Holborn Hill; pero sus fuerzas no tardaron en fallarle; se apoyó contra una pared y dejó caer la cabeza sobre el pecho, mientras su pálida mejilla se volvía aún más blanca. Me acerqué a ella y le ofrecí mis servicios. Apenas alzó la vista: «No puedes hacerme ningún bien», respondió; «tengo que ir al hospital, si es que no muero antes de llegar».