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nydus/The Last ManPublic
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VI

La consolé lo mejor que pude. Mía eran la dicha y la exultación, de poseerla y de salvarla. Con todo, para no excitar en ella una nueva agitación, «per non turbar quel bel viso sereno», reprimí mi deleite.

Me esforcé por aquietar el impetuoso danzar de mi corazón; aparté de ella mis ojos, que irradiaban demasiada ternura, y con orgullo, hacia la oscura noche y la inclemente atmósfera, murmuré las expresiones de mi éxtasis.

Llegamos a Londres, según me pareció, demasiado pronto; y, sin embargo, no pude lamentar nuestra rápida llegada cuando fui testigo del éxtasis con que mi amada muchacha se halló en los brazos de su hermano, a salvo de todo mal, bajo su irreprochable protección.

Adrian escribió una breve nota a su madre para informarle de que Idris se hallaba bajo su cuidado y tutela. Transcurrieron varios días y al fin llegó una respuesta, fechada en Colonia.

«Era inútil», escribió la altiva y desengañada dama, «que el conde de Windsor y su hermana se dirigieran de nuevo a la ofendida progenitora, cuya única esperanza de tranquilidad debía derivarse del olvido de la existencia de ambos. Sus deseos habían quedado truncados, sus planes arruinados. No se quejaba; en la corte de su hermano hallaría, no una compensación por la desobediencia de ellos (la crueldad filial no admitía ninguna), sino un estado de cosas y un modo de vida tales que pudieran reconciliarla mejor con su destino. Dadas estas circunstancias, rehusaba tajantemente cualquier comunicación con ellos».

Tales fueron los extraños e increíbles acontecimientos que finalmente propiciaron mi unión con la hermana de mi mejor amigo, con mi

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