—No llores, dulce niña —dijo—, por la inminente muerte de alguien a quien apenas has conocido. Podré morir, pero en la muerte jamás podré olvidar ni abandonar a mi propia Clara. En la pena o la alegría futuras, cree que el espíritu de tu padre está cerca, para salvarte o compadecerse de ti. Siente orgullo de mí y atesora tu recuerdo infantil de mí. Así, dulcísima, no parecerá que muero. Una sola cosa debes prometer: no hablar con nadie, salvo con tu tío, de la conversación que acabas de oír. Cuando me haya ido, consolarás a tu madre y le dirás que la muerte solo fue amarga porque me separaba de ella; que mis últimos pensamientos serán para ella. Pero mientras yo viva, prométeme no delatarme; promételo, hija
Con voz entrecortada prometió Clara, mientras seguía aferrada a su padre en un arrebato de dolor.
Pronto regresamos a la orilla, y me esforcé por borrar la impresión causada en la mente de la niña, tratando a la ligera los temores de Raymond.
No volvimos a saber de ellos; pues, tal como él había dicho, el asedio, que ahora llegaba a su fin, pasó a ser lo más importante, acaparando todo su tiempo y atención.
El imperio de los mahometanos en Europa tocaba a su fin. La flota griega, que bloqueaba todos los puertos de Estambul, impedía la llegada de socorros desde Asia; toda salida por el lado de tierra se había vuelto impracticable, salvo para aquellas salidas desesperadas que reducían el número del enemigo sin causar mella en nuestras líneas. La guarnición se había reducido tanto que era evidente que la ciudad habría podido tomarse fácilmente por asalto; pero tanto la humanidad