hombres a partir de su simiente dependían de su fe en él y de su sumisión a su persona. Ellos absorbieron ávidamente esta creencia; y su desmedida credulidad los hizo incluso anhelar hacer prosélitos para esa misma fe.
Cómo seducir a algún individuo de semejante alianza de fraude era tema frecuente de las meditaciones y conversaciones de Adrián. Urdió muchos planes con este fin; pero su propia tropa lo tenía plenamente ocupado en garantizar su fidelidad y seguridad; además de lo cual, el predicador era tan cauto y prudente como cruel.
Sus víctimas vivían bajo las reglas y leyes más estrictas, que o bien las aprisionaban por completo dentro de las Tullerías, o las dejaban salir en tal número, y bajo tales líderes, que se descartaba la posibilidad de cualquier controversia. Había una entre ellas, sin embargo, a la que yo me propuse salvar; nos había sido conocida en días más felices; Idris la había amado; y su excelente naturaleza hacía singularmente lamentable que fuese sacrificada por este despiadado caníbal de almas.
Este hombre tenía entre doscientas y trescientas personas alistadas bajo sus banderas. * Más de la mitad de ellas eran mujeres; * había unos cincuenta niños de todas las edades; * y no más de ochenta hombres. Procedían en su mayoría de lo que, cuando existían tales distinciones, se denominaba la clase baja de la sociedad. Las excepciones consistían en unas pocas mujeres de alta cuna que, aterrorizadas y amansadas por el dolor, se habían unido a él. Entre ellas había una, joven, encantadora y entusiasta, cuya bondad misma la convirtió en una víctima más fácil. Ya la he mencionado antes: Julieta, la hija menor y ahora única reliquia de la casa