donde cada pequeño municipio era dirigido por los ancianos y hombres sabios. Esta fue la clave de mi designio. Cada aldea, por pequeña que sea, suele contener a un líder, uno de entre los suyos a quien veneran, cuyo consejo buscan en la dificultad y cuya buena opinión valoran por encima de todo. Fui atraído inmediatamente a hacer esta observación por acontecimientos que se presentaron a mi experiencia personal.
En el pueblo de Little Marlow, una anciana gobernaba la comunidad. Había vivido durante algunos años en un asilo de beneficencia, y los domingos de buen tiempo su umbral era asediado constantemente por una multitud que buscaba su consejo y escuchaba sus amonestaciones. Había sido esposa de un soldado y conocía el mundo; la debilidad, provocada por fiebres contraídas en cuarteles insalubres, se había apoderado de ella antes de tiempo, y rara vez se movía de su pequeña choza. La peste entró en el pueblo; y, mientras el miedo y el dolor privaban a los habitantes de la poca sensatez que poseían, la vieja Martha dio un paso al frente y dijo:—«Antes de ahora he estado en una ciudad donde había la peste».—«¿Y escapaste?».—«No, pero me recuperé».—Tras esto, Martha quedó asentada con más firmeza que nunca en su trono regio, elevado por la reverencia y el amor. Entraba en las casas de los enfermos; mitigaba sus necesidades con sus propias manos; no mostraba temor y contagiaba a cuantos la veían una parte de su propio valor innato. Acudía a los mercados; exigía que se le suministrara comida para los que eran demasiado pobres para comprarla. Les demostraba cómo el bienestar de cada uno abarcaba la prosperidad de todos. No permitía que se descuidaran los huertos, ni que las mismísimas flores de las celosías de las casas se marchitaran por falta de cuidado. La esperanza, decía, era mejor que la receta de un médico, y todo aquello que pudiera sostener y avivar los ánimos, valía más que los medicamentos y las pócimas.