la mañana subió tu padre». Fuera cual fuese la intención de Clara al pedir que la trajeran aquí, se vio frustrada por la presencia de los soldados. Con mirada fervorosa contempló el laberinto de ruinas humeantes que había sido una ciudad, y entonces expresó su disposición a regresar a
En este momento un aullido melancólico hirió nuestros oídos; se repitió; «¡Escuchen!», exclamó Clara, «está ahí; es Florio, el perro de mi padre».
Me parecía imposible que pudiera reconocer el sonido, pero ella persistió en su afirmación hasta que logró convencer a la multitud reunida. Al menos sería una acción benévola rescatar al sufriente, ya fuera humano o animal, de la desolación de la ciudad; así pues, enviando a Clara de regreso a su casa, entré nuevamente en Constantinopla.
Alentados por la impunidad que había acompañado a mi visita anterior, varios soldados que habían formado parte de la guardia personal de Raymond, que lo habían amado y lloraban sinceramente su pérdida, me acompañaron.