entusiasmo o placer, mientras la suerte de Raymond pendía de un hilo. Ningún hombre había despertado jamás un interés tan profundo en el ánimo público; esto se hacía evidente incluso entre los flemáticos ingleses, de quienes había estado ausente largo tiempo. Los atenienses habían esperado el regreso triunfal de su héroe; las mujeres habían enseñado a sus hijos a balbucear su nombre unido a acciones de gracias; su varonil belleza, su valor, su entrega a la causa hacían que a sus ojos pareciera casi uno de los antiguos dioses del suelo, descendido de su nativo Olimpo para defenderlos. Cuando hablaban de su probable muerte y de su cautiverio seguro, las lágrimas brotaban de sus ojos; tal como las mujeres de Siria lloraban a Adonis, así las esposas y madres de Grecia lamentaban a nuestro Raymond el inglés; Atenas era una ciudad de duelo.
Todas estas muestras de desesperación llenaron a Perdita de espanto. Con aquella esperanza sanguínea pero confusa, que el deseo engendró mientras se hallaba alejada de la realidad, se había forjado en la mente la imagen de un cambio instantáneo, en cuanto pusiera el pie en las costas griegas.
Imaginaba que Raymond ya estaría libre, y que sus tiernas atenciones llegarían a borrar por completo hasta el recuerdo de su desgracia. Pero su destino aún era incierto; comenzó a temer lo peor, y a sentir que la esperanza de su alma se jugaba a una carta que podía resultar perdedora.
La esposa y el encantador hijo de lord Raymond se convirtieron en objeto de profundo interés en Atenas. Las puertas de su morada estaban asediadas, se susurraban oraciones audibles por su recuperación; todas estas circunstancias aumentaban el desconcierto y los temores de Perdita.