seguridad. Nos volvimos efímeras, para quienes el intervalo entre la salida y la puesta del sol era como un año dilatado del tiempo ordinario. Jamás veríamos a nuestros hijos madurar, ni contemplaríamos sus mejillas de vello ensombrecerse, sus alegres corazones subyugados por la pasión o la zozobra; pero los teníamos ahora: ellos vivían, y nosotros vivíamos; ¿qué más podíamos desear? Con semejante adoctrinamiento mi pobre Idris intentó calmar los temores apremiantes, y en cierta medida lo logró. No era como en verano, cuando cada hora podía traer el destino temido; hasta el verano, nos sentíamos seguros; y esta certeza, por muy efímera que fuera, satisfacía sin embargo por un tiempo su ternura materna. No sé cómo expresar o comunicar el sentimiento de arrobamiento concentrado e intenso, aunque evanescente, que nos encumbraba en el presente. Nuestras alegrías eran más queridas porque veíamos su fin; eran más agudas porque sentíamos, en toda su extensión, su valor; eran más puras porque su esencia era la compasión —como un meteoro es más brillante que una estrella, la felicidad de este invierno contenía en sí misma los deleites extraídos de una larga, larga vida.
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VIII
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