Día tras día y semana tras semana el año fue transcurriendo. Miguel vivía y trabajaba con Simón. Su fama se extendió hasta que la gente decía que nadie cosía botas tan fina y fuertemente como el trabajador de Simón, Miguel; y de toda la comarca la gente acudía a Simón en busca de sus botas, y este comenzó a prosperar.
Un día de invierno, mientras Simón y Miguel estaban trabajando, un carruaje sobre patines de trineo, con tres caballos y con cascabeles, se detuvo ante la choza.
Miraron por la ventana; el carruaje se detuvo en su puerta, un elegante criado saltó del pescante y abrió la puerta.
Un caballero con abrigo de pieles bajó y se encaminó hacia la choza de Simón.
Matriona dio un salto y abrió la puerta de par en par.
El caballero se agachó para entrar en la choza y, cuando volvió a enderezarse, su cabeza casi rozaba el techo y parecía llenar por completo su rincón de la habitación.
Simón se levantó, hizo una reverencia y miró al caballero con asombro. Nunca había visto a nadie como él. El propio Simón era enjuto, Mijaíl era delgado, y Matriona era seca como un hueso, pero este hombre era como alguien de otro mundo: de rostro rojo, fornido, con un cuello como el de un toro, y con el aspecto general de haber sido fundido en hierro.
El caballero exhaló un bufido, se quitó el abrigo de pieles, se sentó en el banco y dijo: «¿Cuál de ustedes es el maestro zapatero?».