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nydus/Short FictionPublic
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III

La joven Atlásnaya, de piel tersa y brillante, bajando la cabeza de modo que su guedeja negra y sedina le ocultaba la frente y los ojos, retozaba en la hierba, mordisqueando, sacudiéndose y golpeando el suelo con su pata, provista de largos pelos en el nudo. Uno de los potrillos más crecidos —que debía de estar imaginando algún tipo de juego—, levantando, por vigésima sexta vez, su cola bastante corta y enmarañada como un plumero, retozaba alrededor de su madre, la cual pacía la hierba con calma, habiendo tenido evidentemente tiempo de aquilatar el carácter de su hijo, y deteniéndose solo de vez en cuando para mirarlo de reojo con su gran ojo negro.

Uno de estos mismos potrillos —negro como el carbón, con una cabeza grande y un copete maravilloso que se alzaba sobre sus orejas, y la cola aún inclinada hacia el lado en el que había estado apoyada en el vientre de su madre—, aguzando las orejas y abriendo sus ojos bobos, mientras permanecía inmóvil en su sitio, miraba fijamente al potrillo que saltaba y danzaba, sin comprender en absoluto por qué lo hacía, si por celos o por indignación.

Unos maman, topando con elhocico; otros, por alguna razón desconocida, a pesar de las invitaciones de sus madres, avanzan en un trote corto y torpe, en dirección diametralmente opuesta, como si buscasen algo, y luego, nadie sabe por qué, se detienen en seco y relinchan con voz desesperadamente penetrante.

Unos yacen de costado en fila; otros toman lecciones de pastoreo; otros intentan rascarse con las patas traseras detrás de la oreja.

Dos yeguas, aún preñadas, se apartan del grupo y, moviendo lentamente las patas, continúan pastando. Evidentemente, su condición es respetada por los demás, y ninguno de los jóvenes potros se atreve a acercarse ni a molestarlas. Si a algún potro

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