Sáshka, limpiándose la nariz ensangrentada con una mano, mientras que con la otra le rascaba el lomo a Blücher, que se estaba lamiendo—. Me ha saltado los dientes, Bluchy, pero aun así es mi conde, y por él atravesaría el fuego, ¡vaya que sí! Porque él... es mi conde; ¿entiendes, Bluchy? ¿Quieres la cena, eh?
Después de yacer inmóvil un rato, se levantó, alimentó al perro y luego, casi sobrio, entró a atender a su conde y a ofrecerle un poco de té.
—Me sentará muy mal —dijo dócilmente el caballerizo, de pie ante el conde, que estaba recostado en la cama del caballerizo con las piernas apoyadas en el tabique—. Verá usted, yo también soy un viejo soldado y, por decirlo así, un camarada. ¿Por qué ha de pedir prestado a nadie más, cuando estaré encantado de prestarle un par de cientos de rublos? Ahora mismo no los tengo, solo cien rublos, pero el resto lo conseguiré hoy. ¡De verdad que heriría mis sentimientos, conde!