No advertía la presencia de los demás; no hablaba con nadie y se sentía atormentado por la vieja angustia. La sentía sobre todo cuando los hombres dormían y él solo no lograba conciliar el sueño ni un solo instante. Incesantemente la veía ante sus ojos, oía su voz, y entonces de nuevo los diablos negros con sus ojos horribles venían y lo atormentaban de la manera habitual.
Intentó de nuevo rezar, pero, exactamente igual que antes, aquello no le sirvió de nada.
Un día en que, tras sus rezos, ella volvió a estar ante sus ojos, comenzó a suplicarle a su querida alma que le perdonara su pecado y lo liberara.
Hacia la mañana, al caer completamente exhausto sobre su aplastado saco de lino, se durmió de inmediato, y en su sueño ella se le apareció con su cuello delgado, arrugado y cortado.
«¿Me perdonarás?», preguntó él.
Ella lo miró con sus ojos apacibles y no respondió.
«¿Me perdonarás?».
Y así se lo preguntó tres veces. Pero ella no dijo una sola palabra, y él se despertó.
A partir de entonces sufrió menos, y pareció volver en sí, miró a su alrededor y comenzó por primera vez a hablar con los otros hombres de la celda.