una mirada a los sirvientes, se movía y retorcía en el banco.
Brindamos por la salud de todos los artistas; él se bebió medio vaso, luego pareció concentrar sus ideas y frunció el ceño, sumido en una profunda reflexión.
“Hace mucho que no probaba un vino así, je ne vous dis que ça. En Italia el vino d’Asti es excelente, pero este es aún mejor. ¡Ah! Italia; ¡es espléndido estar allí!”, añadió.
—Sí, allí saben apreciar la música y a los artistas —dije yo, intentando llevar la conversación hacia el percance de la noche ante el Schweitzerhof.
—No —respondió—. En lo que respecta a la música, no puedo complacer a nadie. Los italianos son músicos por naturaleza —no los hay iguales en el mundo—; pero yo solo conozco canciones tirolesas. Aunque para ellos son algo novedoso.