sino que, llamando alegremente a sus caballos, seguía conduciendo a pleno trote, no me sentí inclinado en ese momento a quedarme atrás de los otros trineos.
—¡Síganlos! —dije.
Mi cochero continuó la marcha, pero ahora conducía a los caballos con menos entusiasmo que antes, y no volvió adirigirme una sola sílaba.