—¿No es eso demasiado? —pregunto.
Éste no respondió. Jugamos la partida. Una vez más fue mía.
«¿Cuatrocientos ochenta contra cuatrocientos ochenta?».
—Digo: «Mire, señor, no quiero cometer una injusticia con usted. Dejemos en cien rublos lo que me debe y paz y después nos entendemos».
Debieras haber oído cómo gritaba ante esto, y sin embargo no era un hombre orgulloso en absoluto.
«¡O juegas, o no juegas!», dice.
Bien, ya veo que no hay nada que hacer.
«Trescientos ochenta, pues, si hace el favor», digo yo.
Tenía muchas ganas de perder. Le concedí cuarenta puntos de ventaja. Él iba con cincuenta y dos frente a mis treinta y seis. Empezó a cortar la amarilla y falló dieciocho puntos; y yo estaba justo en el punto de viraje. Di un golpe para sacar la bola de la mesa de billar. No—así quiso la suerte. Hiciera lo que hiciese, hasta falló el doblete. Había ganado otra vez.
—Escucha —dice él—. Pedro —no me llamó Petrushka entonces—, no puedo pagarte todo de golpe. En un par de meses podría pagar hasta tres mil, si fuera necesario.
Y allí se quedó igual de rojo, y su voz temblaba un poco.
—Muy bien, señor —le digo.
Con esto dejó el taco. Luego comenzó a pasearse de un lado a otro, de un lado a otro, con el sudor corriéndole por la cara.