Hablaron entre sí en voz baja; luego la señora apartó su plato, su vestido de seda crujió y ambos salieron de la habitación. A través de las puertas de cristal vi al inglés diciéndole algo con voz irritada al camarero, mientras señalaba con la mano en nuestra dirección. El camarero asomó la cabeza por la puerta y nos miró. Esperé con placentera expectación a que alguien viniera a echarnos, pues así habría podido dar rienda suelta a toda mi indignación. Pero afortunadamente, aunque en ese momento me sentí ofendido, nos dejaron en paz. El bionaldo, que antes había rehuido el vino, se bebió ahora con avidez todo lo que quedaba en la botella, para poder huir lo antes posible.
Él, sin embargo, expresó su agradecimiento con profunda emoción, según me pareció, por su acogida. Sus ojos llorosos se volvieron aún más húmedos y brillantes, y empleó una frase de agradecimiento de lo más extraña y complicada.
Pero aún me resultó muy agradable la frase en la que decía que si todo el mundo trataba a los artistas como yo lo había hecho, sería muy bueno, y terminó deseándome toda clase de dicha.
Salimos juntos al recibidor. Allí estaban los criados, y mi enemigo el portero, al parecer ventilando sus quejas contra mí ante ellos. Todos ellos, según creí ver, me miraban como si fuera un hombre que hubiera perdido el juicio. Yo traté al hombrecito exactamente como a un igual, ante todo aquel público de criados; y luego, con todo el respeto que fui capaz de expresar en mi comportamiento, me quité el sombrero y le apreté la mano de dedos secos y endurecidos.
Los criados fingieron no prestarme la más mínima atención. Uno de ellos solo se permitió una risa sarcástica.