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nydus/Short FictionPublic
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IX

“¡Está prohibido gritar!”, comentaba una voz calmada y monótona.

—¡Llamen al inspector! —gritó MezHENetsky. No obtuvo respuesta, y la ventanilla volvió a cerrarse. Y tal desesperación se apoderaba de él que solo anhelaba una cosa: la muerte. Una vez, en tal estado, decidió quitarse la vida. Había un respiradero en la celda, al cual se podía atar una cuerda con un nudo corredizo, y subiéndose a la cama sería posible ahorcarse. Pero no tenía cuerda. Empezó a rasgar su sábana en tiras, pero no había suficientes.

Entonces decidió dejarse morir de hambre, y no comió durante dos días; pero al tercero se quedó bastante débil y tuvo un ataque de alucinaciones peor. Cuando le llevaron comida, se quedó tumbado en el suelo con los ojos abiertos, pero inconsciente. El médico vino, lo acostó en la cama, le dio ron y morfina, y se quedó dormido.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, el médico estaba de pie junto a él, negando con la cabeza. Y de repente, a Mezhenétsky lo invadió la estimulante sensación de la ira, que hacía mucho tiempo que no sentía.

—¿Cómo no le da vergüenza servir aquí? —dijo, mientras el médico, con la cabeza inclinada, le tomaba el pulso—. ¿Por qué me medica, solo para volver a atormentarme? ¡Vaya, es exactamente igual que presenciar un castigo con fusta y dar permiso para repetir la operación!

—Tenga la bondad de volverse boca arriba —dijo el médico, con toda tranquilidad, y, sin mirarlo, sacó del bolsillo lateral los instrumentos para auscultarlo.

“¡Las curaban, para poder darles los otros cinco mil latigazos!⁠ ⁠… ¡Váyanse al diablo! ¡Váyanse al infierno!”, exclamó de repente, bajando las piernas de la cama. “¡Largo!⁠ ⁠… ¡Me moriré sin ustedes!”

—Eso no está bien, joven.⁠ ⁠… Tenemos una respuesta para la grosería.⁠ ⁠…

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