estirado y los frenos torcidos. Filip chasqueó el látigo y se colocó bien la gorra. El viejo yacía en medio del trineo con las piernas levantadas como antes.
Dos minutos más tarde, el trineo crujía sobre las tablas barridas de la rampa de acceso a la posta, y Ignashka volvió hacia mí su rostro alegre, cubierto por completo de escarcha y nieve.
—Al fin lo hemos traído a salvo, señor —dijo.