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nydus/Short FictionPublic
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XIV

el conde, como cabría haber supuesto. Al contrario, él no le gustaba. Habría podido interesarse por el alférez con más facilidad, pero el pobre hombre era feo y tacitundo. Sin querer, se olvidaba de él a cada momento y rememoraba la figura del conde con ira y fastidio.

“No, eso no es,” se dijo. Su ideal había sido tan hermoso. Era un ideal al que se habría podido amar en una noche así, en medio de esta naturaleza, sin mancillar su belleza; un ideal jamás amputado para ajustarse a alguna burda realidad.

En otros tiempos, la soledad y la ausencia de cualquiera que hubiera podido atraer su atención habían hecho que la fuerza del amor que la Providencia ha concedido imparcialmente a cada uno de nosotros reposara intacta y tranquila en su seno; y ahora había vivido demasiado tiempo en la triste felicidad de sentir la presencia de ese algo en su interior, y de abrir de vez en cuando el cáliz secreto de su corazón para contemplar sus riquezas, como para poder derrochar inconsideradamente su contenido en cualquiera.

¡Dios quiera que disfrute de esta tacaña dicha hasta la tumba! ¿Quién sabe si no es la mejor y más fuerte? ¿Y si no es la única felicidad verdadera y posible?

“Oh, Señor, Dios mío —pensó—, ¿es posible que haya perdido la felicidad y la juventud en vano, y que jamás… jamás volverán? ¿Es verdad?”

Y miró hacia las profundidades del cielo, iluminado por la luna y cubierto de ligeras y vaporosas nubes que, velando las estrellas, se acercaban sigilosas a la luna: «Si esa nubecilla blanca más alta toca la luna, será señal de que es verdad», pensó. La franja brumosa, de color humo, atravesó la mitad inferior del disco brillante y, poco a poco, la luz sobre la hierba, sobre las copas de los tilos y

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